Existe un dolor infinitamente más sordo y profundo que al perder lo que uno tiene, cuando se desvanece lo que nunca le llegó a pertenecer. Decía Ortega y Gasset, en Meditación de la ténica, que «su vida no es sino el afán de realizar un determinado proyecto o programa de existencia, […] he aquí la tremenda y sin par condición del ser humano, lo que hace de él algo único en el universo. Adviértase lo extraño y desazonador del caso. Un ente cuyo ser consiste, no en lo que ya es, sino en lo que aún no es, un ser que consiste en aún no ser. Todo lo demás del universo consiste en lo que ya es».

No hay una experiencia tan siniestramente similar a la muerte como la toma de conciencia de que su proyecto de vida inmediato no tiene cabida en el universo. Que lo que no es, por más que quiera ser, no puede ser. Cuando la experiencia se repite, una y otra vez, la brecha entre el proyecto de vida y la realidad se hace tan insalvable que sólo le queda a uno el mero instinto de supervivencia. Y se levanta, va a trabajar, se alimenta, sale a correr, duerme. Y se levanta, hasta que un día ya no sabe por qué. Hasta que el pasado, el presente y el futuro, se funden en la rutina, de forma que se pierde toda noción del tiempo y de sí mismo. Porque lo que uno era, su proyecto de existencia, nunca será; y lo que nunca será, no es.

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